De Pinaquy a Sancena. La larga historia de una fundición de Iruñea

La fundición fundada en 1850 en Pamplona por Salvador Pinaquy, fue de vital importancia en la mecanización de la agricultura en Navarra durante la segunda mitad del siglo XIX. Sus continuadores, la familia Sancena, también marcaron época durante todo el XX, con su amplia aportación al mobiliario urbano de Iruñea.

 

1890. La fundición de Pinaquy en el molino de Caparroso. Dibujo de Ricardo de Ojeda para “La Ilustración Española y Americana”

Salvador Pinaquy Ducasse, nacido en Baiona en 1817, maquinista de profesión, llegó a Pamplona en 1848, con 31 años. Junto con su paisano José Sarvy, con el que había suscrito un papel privado ya en Baiona, fundó el 11 de marzo de 1850 la sociedad “Salvador Pinaquy y Compañía”. El objeto de la sociedad era instalar un negocio de fundición y el lugar elegido para ello iba a ser el molino de Caparroso, a orillas del Arga en el número 52 del barrio de la Magdalena de Iruñea, tomado en arriendo y fijando además su residencia en dicho lugar.

La instalación iba a incluir un horno de fundición para fundir piezas a partir de tochos y lingotes, una herrería y un taller de maquinaria en el que montar y construir aperos de labranza y maquinaria agrícola. Contaba además, con  una máquina de vapor de una fuerza de 3-4 caballos. Iniciada la actividad con una veintena de empleados, rápidamente su catálogo se incrementó con distintas, y entonces sofisticadas, máquinas para labrar, roturar o cosechar, logrando un gran prestigio en el naciente mundo de la mecanización de la agricultura. Ya en 1859, Pinaquy declaraba haber vendido 250 unidades del novedoso arado de vertedera giratoria que Tomás Jaén acababa de inventar a partir de un modelo norteamericano, de ellas la mayor parte en Navarra. Su presencia en exposiciones y los numerosos premios logrados no se hicieron esperar, Madrid 1857, Baiona 1864 o París 1867. Por ello, podríamos considerar a Pinaquy como el gran artífice e impulsor del desarrollo de la maquinaría agrícola y la mecanización de la agricultura en Navarra que, en pocos años, se convertiría en uno de los lugares peninsulares más activos en la producción de este sector con la aparición de numerosos talleres de fundición y montaje que iban a seguir su ejemplo.

Segadora Mc Cormick presentada por Pinaquy en la Exposición Agrícola de Madrid en 1857

En otros ámbitos, en 1875 funde las piezas y monta el mecanismo de izado de la puerta del Portal de Francia de Iruñea diseñado por el comandante Paulino Aldaz y Goñi, con sus dos pesas de 645 kilos, las excéntricas para las poleas y sus cadenas, que hoy día aún se conservan en uso, aunque testimonial. Otro de sus productos más vendidos eran entonces las columnas de hierro colado para la construcción de naves y edificios de las que quedan numerosos testimonios en la ciudad.

Ya se ha escrito en otro capítulo de esta serie dedicado al molino de Caparroso, la importante aportación técnica que hizo Pinaquy para solucionar la escasez de agua en la ciudad tras el bloqueo del ejército carlista de 1874 que había cortado el suministro desde Subiza *. La puesta en marcha, en tan solo veintiocho días, de un sistema de bombeo desde un manantial descubierto a orillas del Arga para subir agua potable hasta el depósito municipal de San Ignacio y de ahí a las fuentes de la ciudad supuso todo un hito para Pamplona, celebrado con un gran festejo. El ayuntamiento le recompensó con una medalla conmemorativa y le abonó una buena cantidad de dinero, en concreto 10.844,72 pesetas por el coste de las obras. A partir de ese momento mejoró considerablemente su negocio, constituyéndose en la mayor de las empresas de su entorno con una producción anual valorada en 50.000 pesetas. Contaba con una plantilla de 18 adultos y 4 niños que en una jornada de 10 horas cobraban entre 2 a 18 reales, en función del puesto que desempeñaran.

Casado unos años antes con Antonia Sancena Vergara, natural del barrio de Berrizaun de Igantzi, a pesar de vivir en Iruñea no dejó su relación con su Baiona natal, y allí nació en 1874 su único hijo, al que pusieron su mismo nombre y que iba a ser educado en la ciudad labortana. Estaba designado para ser su sucesor y heredero pero por desgracia no pudo serlo ya que, delicado de salud, falleció en 1900 con tan sólo 26 años.

Siendo económicamente solvente y cansado de la amplia renta que debía pagar al Conde de la Rosa, dueño del molino de Caparroso, pensó en instalarse en un solar de su propiedad. Está documentado que para 1883 había comprado los solares de la calle Mayor 40 (actual 14) y de la calle Pellejerías 23-25 de Iruñea. A sabiendas de la prohibición militar a construir fuera puertas, el 17 de abril de 1884 Salvador Pinaquy solicitaba al ayuntamiento de Pamplona la autorización para instalar una industria de maquinaria y fundición en un edificio de la calle Mayor. El gran patio interior entre la citada calle y la de Pellejerías (hoy Jarauta) le iba a permitir construir una nave en la trasera del inmueble para acoger un horno de tipo cubilote, con una capacidad de 330 decímetros cúbicos con el que fundir las piezas, una máquina de vapor de seis a ocho caballos de fuerza y su taller de maquinaria. A primeros de 1885 comenzó la actividad en dichas instalaciones de la calle Mayor. Poco tardaron en producirse las quejas vecinales, tanto por los ruidos como por los humos que constantemente emanaban de sus chimeneas, que adolecían de escasa altura. Aducían los vecinos que el ayuntamiento había concedido permiso para tan solo un horno y que había, al menos, cinco chimeneas en funcionamiento. Tras un informe de la Junta de Sanidad que le obligó a algunas pequeñas modificaciones, la actividad continuó. El concejal Lecumberri contestaba a los vecinos en una de las sesiones que las molestias referidas eran inherentes al que vive en poblaciones y que a él también le molestaban las campanas de la catedral.

Por otra parte, en aquellos años se estaba desarrollando en todo el mundo la electricidad y su supuesta utilidad para el alumbrado de calles, locales públicos y viviendas. Desde que el físico y presbítero Simón Martinicorena iluminara su habitación del seminario Conciliar de Pamplona en 1871, muchos fueron, en la ciudad, los ensayos y pequeñas demostraciones de la iluminación eléctrica mediante lámparas incandescentes. Salvador Pinaquy, inquieto y emprendedor como siempre y con muchos contactos con las casas suministradoras europeas de materiales, quiso participar activamente en la electrificación de Pamplona. Son conocidas sus iniciativas de instalar 4 lámparas en el atrio de San Saturnino en el IV Centenario de la aparición de la Virgen del Camino en 1887, la pionera iluminación del café Iruña en 1888 o de participar en las primeras pruebas de alumbrado público de la ciudad ese mismo año. Como ya había abandonado las instalaciones del Molino de Caparroso obtenía la energía eléctrica mediante máquinas de vapor móviles con sus dinamos acopladas y poco después instalando una central térmica en la calle Estafeta.

A punto de concluir el año 1890, el 17 de diciembre, Salvador Pinaquy falleció a los 73 años en su casa de la calle Mayor. Su hijo, aún muy joven y como habíamos dicho de salud frágil, no podía hacerse cargo de la empresa, de hecho murió tan solo diez años después que su padre. Martin Sancena, también natural de Igantzi, cuñado de Pinaquy y que había sido llevado por su hermana a trabajar como fundidor pocos años antes, asumió entonces la dirección con tan sólo 32 años. A partir de esa fecha la empresa continuará dirigida por miembros de la familia Sancena siendo, por otra parte, de justicia decir que, siempre mantuvieron en sus distintas razones sociales, logotipos y anuncios comerciales el ser los sucesores de Pinaquy, haciendo honor al fundador de la empresa.

Cabeceras de factura de la fundición de Pinaquy en 1889 y de Sancena en 1907. Cortesía H. Astibia

De esta forma, en 1894, Martin Sancena, su madre Josefa Vergara, el heredero Salvador Pinaquy (hijo) y el comerciante Mauricio Guibert se constituyeron en sociedad con el nombre de Sucesores de Pinaquy y Cía. añadiendo a su objeto social inicial, que era la fundición y el taller de maquinaria, la producción y venta de electricidad. Esta sociedad tan solo duro cinco años y en 1899 se disolvió vendiendo toda la parte referida a la producción eléctrica a la recién constituida Electra Pamplona. Los Sancena, excepto alguna pequeña participación en la Electra Recajo, abandonan entonces la línea de la producción de electricidad para dedicarse de lleno a la fundición y taller de maquinaria. En estos primeros años del siglo XX la razón social pasa a ser Fundición de Hierro y Construcción de Máquinas Martín Sancena. Sucesor de Pinaquy. La industria se consolida incorporando además, un taller de cerrajería y una ferretería al por menor en el bajo de la calle Mayor. De modo paralelo, aumenta su patrimonio urbano, elevando un piso su vivienda y adquiriendo otro inmueble en Jarauta 42-44 como así consta en el informe de Catastro de 1904.

En 1925 fallece Martin Sancena y la razón social pasa a ser Viuda de M. Sancena. Sucesores de Pinaquy quedando como director gerente su hijo Carmelo que acababa de terminar sus estudios de ingeniería industrial. De forma progresiva va dejando la fabricación de piezas para maquinaria agrícola en la que ya había gran competencia en Pamplona en varios talleres, Arrieta, Astibia etc. para dedicarse cada vez más a la fabricación de elementos de mobiliario urbano y saneamiento.

En 1933-34, y viendo que sus talleres se le quedaban pequeños, construyen una nave en la Rotxapea, junto a los corrales del gas, para trasladar allí la fundición. Tanto los talleres mecánicos como las oficinas permanecerían en la calle Mayor hasta 1961 en que también el taller se trasladó a la calle Joaquín Beunza. La primitiva instalación del casco viejo fue reformada y reutilizada por un comercio de muebles, que ha estado en actividad hasta hace pocos meses. Como curiosidad contar que, durante la guerra del 36 llegaron a montar un prototipo de vehículo blindado en chapa para el ejército golpista. Aparte de su paseo demostrativo por la Plaza del Castillo no debió resultar muy efectivo en combate y ya no se fabricaron más unidades.

Calle Joaquín Beunza en 1975. A la derecha Casa Plácido, al fondo a la izda la fundición de Sancena. Foto: Archivo Municipal de Pamplona

Tras la temprana muerte de Carmelo Sancena en 1940, su madre Severiana Abadía y su viuda Juana Morales deciden dar continuidad a la empresa por medio de la sociedad limitada Casa Sancena, Sucesor de Pinaquy con un capital de 417.682 pts. Así se abrió una etapa de varios años con la gerencia en manos de personas que no eran de la familia, hasta que, en 1968, se hace cargo Santiago Sancena Morales, nieto de Martin y ya en sus últimos años un bisnieto, Miguel Nagore Sancena. Su dedicación prioritaria será entonces la producción de mobiliario urbano: papeleras, fuentes, bancos, sumideros, bocas de riego, sifones de descarga, tapas de alcantarilla… siendo de esta forma el ayuntamiento de Iruñea uno de sus más importantes clientes. La barandilla con el león pasante del escudo de la ciudad, que ocupa más de 3.500 metros lineales de nuestras calles y parques, es uno de sus productos más conocidos así como distintos modelos de bancos. En casa Sancena, no sólo se fundían las patas de los mismos sino que se procedía al montaje de listones o tablones y se colocaban en su correspondiente lugar, constituyendo de esta forma una labor íntegra.

Piezas de mobiliario urbano fundido en casa Sancena. Foto VME

Pero seguramente, la pieza más emblemática fundida por Sancena sea la fuente del león, que tiene una curiosa historia. En 1950 el ayuntamiento compró un modelo de fuente a la casa Glenfield Coy Ltd. La compañía, ubicada en la localidad escocesa de Kilmarnock, se había fundado en 1865 y una de sus especialidades era precisamente el modelo de fuente de león que, si se rastrea un poco, la encontraremos en distintos y alejados lugares del mundo. El ayuntamiento cedió alguna de las piezas originales a Sancena y este hizo el correspondiente modelo, fabricándola desde entonces en serie y llenando Iruñea y sus alrededores —hay catalogadas más de 350— con dicho modelo. Siendo, pues, algo característico de nuestra capital, como hemos visto no es exclusivo. Algunas de las que se suponen originales llevan grabada la marca Glenfield Co Ltd en su base y están colocadas una sobre el viejo aska de la calle Vergel, debajo del baluarte de Redin  y otra en la calle Dos de Mayo del barrio de la Nabarrería.

Con los últimos años del pasado siglo llegó la crisis económica mundial y cientos de pequeñas empresas, como las que nos ocupa, resultaron muy afectadas. La competencia con otras fundiciones, sobre todo foráneas, puso a la emblemática Sancena contra las cuerdas. En esto no hemos sabido emplear y dar valor al comercio de cercanía, al que ahora se ha comenzado a dar importancia. Como ejemplo, basta fijarse en la cada vez menor presencia de la marca Sancena en las tapas de alcantarilla y sumideros de la ciudad, teniendo presente que hasta finales del pasado siglo eran casi exclusivas y constituían el 70% de la facturación de la empresa. A pesar de nuevos proyectos de inversión y algunas ayudas gubernamentales, el traslado forzoso en 2004 al polígono industrial Soltxate/Agustinos, por necesidades de la nueva reorganización y urbanización de la Rotxapea, fue seguramente la puntilla y en 2006 la empresa, que aún contaba con veinte trabajadores activos, cerró definitivamente.

En estos días y coincidiendo con el inminente derribo de la nave de la calle Mayor, también obligada por la nueva ordenación urbana, un grupo de ciudadanos trata de reivindicar la figura de Salvador Pinaquy solicitando al ayuntamiento un reconocimiento, dando nombre a una calle o alguno de los espacios de nueva creación entre las calles Mayor y Jarauta. Por supuesto que me adhiero a la iniciativa; Salvador Pinaquy debe considerarse como una persona notable, uno de los más importantes artífices de la industrialización de Iruñea y de la mecanización de la agricultura en la Navarra de la segunda mitad del siglo XIX.

*Ver entrada en esta web: Pinaquy y el bloqueo de Pamplona en 1784

Víctor Manuel Egia Astibia            Artículo publicado en Diario de Noticias 22.04.2018