El rostro más negro de la revolución industrial catalana

    Marc Pons. Historiador

Inglaterra, año 1760. La máquina de vapor del escocés James Watt marca un antes y un después en la historia de la humanidad. Arranca la Revolución Industrial. El año 0 de la historiografía marxista. La ciencia y la fabricación van de la mano, y el capital, entusiasmado, las abraza y les marca el camino. Surge la working class (‘clase trabajadora’), la versión industrial urbana de la miseria campesina rural. Y aparece una nueva clase directora: la burguesía industrial –los capitalistas–, una oligarquía enriquecida en las colonias, la versión plebeya y castiza de la apolillada y ridícula aristocracia. En Catalunya, los vientos del norte transportarían este fenómeno hacia 1830. Y como pasó en Inglaterra, llegaría con una mezcla de buenos y malos olores: los aromas exóticos del café, el algodón y la caña de azúcar, y el hedor repugnante del tráfico de esclavos. El rostro más negro de la Revolución Industrial catalana.

¿Cómo era la Catalunya de la Revolución Industrial? La derrota de 1714 provocó un colosal viraje de las corrientes comerciales catalanas. Impuesto, por descontado. Los Borbones estaban enfrentados con todo el mundo, e incluso entre ellos mismos. Después de la guerra se prohibió el comercio con los enemigos de la cristianísima dinastía. Y los mercados tradicionales catalanes –Holanda e Inglaterra– fueron reocupados por otros proveedores. Entonces el comercio catalán, que ya tenía una naturaleza preindustrial, se reorientó hacia las colonias de la América hispánica. Inicialmente vía Cádiz, que tenía la exclusividad del comercio americano. Y a partir de 1773, directamente. La derogación del monopolio gaditano abrió una corriente formidable de comercio catalano-americano que sería el detonante de la Revolución Industrial en Catalunya.

La relación catalano-americana también forjó la figura icónica del catalán triunfador –el indiano–, prototipo del burgués industrial del siglo XIX. Generalmente, un personaje de extracción socioeconómica humilde que con mucho sentido de empresa y con pocos escrúpulos morales conseguía crear una fortuna. La extraordinaria cantidad de mano de obra disponible en la Catalunya coetánea haría el resto. La mayoría de industrias que se crearon en aquel periodo tenían un padre americano –el capital– y una madre inglesa –la tecnología–. Catalunya inició un cambio radical y definitivo de su fisonomía. También en el poder. Las nuevas clases burguesas americanas suplantaron las viejas estructuras de poder –nativas, también– impuestas por los Borbones. Volvía la transversalidad catalana ancestral.

¿Cómo hicieron fortuna los indianos?

“Dios mío, quien fuera blanco, aunque fuera catalán”. Esta cita, que se atribuye a los esclavos cubanos de raza negra, es muy reveladora del papel que tuvieron los indianos catalanes. Si bien es cierto que los catalanes que fueron a hacer las Américas ni todos hicieron fortuna ni todos se dedicaron al tráfico de esclavos, sí que lo es el hecho de que hay una evidente relación entre los barcos negreros, el enriquecimiento rápido y ciertas estirpes industriales de Catalunya. Conocemos los casos paradigmáticos de Miquel Biada –de Mataró– o el de Joan Güell –de Torredembarra–. El primero fue el promotor del primer ferrocarril peninsular, que cubría el trayecto entre Barcelona y Mataró Y el segundo fue el creador de la emblemática Maquinista Terrestre y Marítima. Dos iconos de la Revolución Industrial catalana. Güell fue, también, fundador de una organización patronal embrionaria del Fomento del Trabajo.

Tanto Biada como Güell hicieron su fortuna –su capital empresarial– con el tráfico de esclavos. También la hicieron catalanes de adopción, como el cántabro Antonio López o el andaluz Pedro Blanco, convertidos en grandes inversores y ciudadanos prestigiados en la Barcelona del XIX. En aquellos años, el tráfico ya había sido declarado ilegal y era perseguido internacionalmente. Pero –paradójicamente– se toleraba la tenencia y la explotación de esclavos. Una perversa doble moral que justificaba la existencia de un intenso tráfico ilegal y de un potente mercado negro. Los historiadores no han conseguido fijar una cifra concreta, porque no hay documentación oficial. Pero este fenómeno –tan sólo en tiempo de la prohibición– parece que afectó a millones de personas. Y ciertos indianos catalanes tuvieron una participación importante en él.

¿Quién había detrás del tráfico de esclavos?

El tráfico ilegal estaba en manos de una poderosa red de captadores, armadores y distribuidores formada por las oligarquías de las colonias. Con la colaboración necesaria –e interesada– de elementos de la administración colonial. La corrupción generalizada se había convertido en un fenómeno cultural. Y, también, en la divisa del aparato colonial hispánico. Cuba y Puerto Rico –sobre todo– eran los mercados de esclavos de referencia de los Estados Unidos. Plataformas insulares de recepción y distribución. Mano de obra esclava destinada a satisfacer la fuerte demanda de los estados del sur. Los que en la guerra civil americana –la de 1861– enarbolarían la cruz de San Andrés y se harían llamar confederados. Los estados que proveían de algodón barato a las fábricas textiles de los estados del norte. Los de la Unión.

Este circuito estalló el día que los caballeros del sur decidieron desviar la producción hacia los telares ingleses. Los precios mandan. Y en Liverpool y en Manchester estaban dispuestos a reventar a los competidores yanquis. En Nueva York se encendieron todas las alarmas, y Lincoln y Grant –en nombre de la sagrada unión de las barras y las estrellas– declararon la guerra al pérfido sur. Un conflicto que fue diabólicamente vestido de abolicionismo en las mejores sastrerías de Manhattan. Los americanos –en aquellos días de carbón y esclavos– ya sabían proclamar sus particulares y perversas guerras justas. Porque el verdadero propósito era destruir el sistema esclavista del sur, desplazar del poder sus oligarquías y dominar todo el aparato productivo, de comienzo a fin.

¿Qué pasó con los negreros catalanes?

Espabilados como eran –y eso se puede tomar en todos los sentidos de la expresión­–­, nunca confiaron en la naturaleza eterna del sistema. Incluso antes de la guerra americana, ya habían desplazado e invertido sus fortunas en Catalunya. En Barcelona pasaron a dominar el paisaje económico de la ciudad. A la actividad de creación de fábricas sumaron la economía especulativa, que es el excremento del capitalismo que impulsó la Revolución Industrial. Y en sus maniobras bursátiles se enriquecieron todavía más, arrastrando a la ruina a miles de pequeños inversores desprevenidos. También alcanzaron cierto poder político. Se convirtieron en el mejor aliado de la monarquía española en Catalunya. Los representantes políticos del conservadurismo más reaccionario y antisocial. La costra más rancia de la ciudad y del país. Y los enemigos más acérrimos del liberalismo, del republicanismo, del catalanismo y del obrerismo. Y no siempre en este orden.