La torre Basaluze de Altsasu

 

La Institución Príncipe de Viana va a proceder a la restauración de la torre Basaluze de Altsasu. Dicha torre, hoy en estado de abandono y ruina pertenecía a la línea de telegrafía óptica Madrid-Irún-Paris construida entre 1844 y 1846. En 2017 ya había sido declarada como bien inventariado en nivel 2. El proyecto propuesto, con una licitación de 233.656 euros, pretende la restauración arquitectónica de la torre sin haberse planteado, de momento un nuevo uso especifico de la misma.

La torre Basaluze. Al fondo Altsasu. Foto : Nerea Mazkiaran

La telegrafía óptica fue desarrollada en Francia a lo largo del siglo XVIII y fue a finales del mismo cuando Claude Chapée realmente consolidó la técnica y fue nombrado primer ingeniero telegrafista del mundo. En 1794 se inauguró la línea Lille-Paris que a lo largo de 230 kilómetros contaba con 22 torres de transmisión y en pocos años, la red francesa se extendió por más de 5.000 kilómetros.

Un telégrafo óptico es un utensilio diseñado para ser visto a gran distancia configurando diversas señales por medio de un mecanismo operado manualmente por una o varias personas. Colocando uno de estos artilugios en cada una de varias torres en cadena podía hacerse que cada torre repitiese el mensaje de la anterior, propagándose así y recorriendo la información grandes distancias en un tiempo muy inferior al que requería un mensajero a caballo. Han existido diferentes modelos de telégrafo a lo largo de la historia y en los diferentes países pero el principio de funcionamiento básico de todos ellos es prácticamente idéntico.

El telégrafo óptico sobre una torre en Avila.

El operador maneja unos controles que sitúan los elementos del telégrafo en una posición reconocible por la torre siguiente. Esta repite el mensaje, que es leído y reproducido por una tercera, y así sucesivamente. El funcionamiento de la red comenzaba en la estación desde la que se emitía el mensaje. Se colocaba el telégrafo en una posición prefijada de alerta o de atención para “avisar” a la estación vecina y que la misma coloque su telégrafo en posición para captar el mensaje. Cuando la estación siguiente avistaba esta señal, colocaba su telégrafo en posición listo o preparado y el primer telégrafo sabía que podía comenzar a transmitir. Una vez que se comenzaba a transmitir, cada símbolo debía estar unos 20 segundos como mínimo en la posición para que la siguiente estación lo leyese correctamente y colocase su telégrafo en la misma posición, lo cual indicaba a la estación precedente que podía transmitir el siguiente símbolo del mensaje. Uno de los mayores problemas que presentaba el telégrafo óptico era que el símbolo o señal producidos era plano, por lo que había de ser leído de frente. Un telégrafo visto desde un lateral no presentaba información alguna, como puede imaginarse. Esto obligaba a que los trazados fuesen casi rectilíneos y hacía que dar una curva fuese realmente complicado. Además, de noche era poco fiable y aunque se hicieron experimentos fijando faroles a los telégrafos, lo cierto es que ninguno de los prototipos superó la prueba con resultados satisfactorios en ningún país de Europa. Por otro lado, con lluvia intensa, niebla, nieve o calima se hacían prácticamente invisibles las estaciones contiguas, por lo que la transmisión había de ser interrumpida.

Las condiciones de trabajo en las torres eran especialmente duras con una dotación de tres o cuatro personas en cada una. Durante su jornada laboral, que se extendía de sol a sol, mientras hubiese luz suficiente, los torreros debían mirar regularmente a las torres anterior y posterior de la línea para comprobar si alguna de ellas se encontraba en posición de atención. Concebido y desarrollado como medio de comunicación en el mundo militar los operadores, muchas veces, desconocían la naturaleza del mensaje, habitualmente codificado, códigos solo conocidos por el Comandante de Línea, y simplemente se limitaban a copiar lo que veían en la torre anterior, para que fuese obseravdo por la posterior.

El telégrafo llegó a la península ibérica a principios del siglo XIX con el proyecto de línea Madrid-Cádiz. Realmente no se llegó a realizar más que un corto trayecto entre Madrid y Aranjuez en 1800 y la unión de Cádiz con algunas otras ciudades gaditanas en 1805.

En 1834, durante la primera guerra carlista, el ejército liberal construyó una red de 13 a 15 estaciones telegráficas que partiendo de Iruñea, siguiendo por Lerín, Andosilla y Lodosa llegaba a Logroño y terminaba en Gasteiz, rodeando de este modo el territorio entre la llanada de Vitoria y las sierras que se interponen entre esta llanura y el Ebro, zona ocupada por las tropas carlistas que dificultaban sobremanera la comunicación entre las capitales citadas. Por esta línea llegó al campo cristino la primera noticia de la herida mortal recibida por Zumalacarregui en junio de 1835 en el frente de Bilbo. En las cercanías de Lodosa existe un cerro llamado popularmente “Telégrafo”, en el que quedan restos del foso que rodeaba el fortín dentro del que estaba montado el aparato. Si bien es digna de mención por la celeridad con que fue trazada y construida, y la eficacia con que fue empleada, esta línea telegráfica no se utilizó posteriormente debido al mal estado en que quedaron muchas de sus torres tras los combates.

José María Mathé y Aragua 1800-1875

En 1844 la Dirección de General Caminos del gobierno de Madrid hizo un gran proyecto para unir Madrid con las principales capitales del estado mediante varias líneas de torres de telégrafo, encargando el mismo al ingeniero militar Jose María Mathé Aragua, que aunque nacido en San Sebastián hizo su carrera militar en Madrid. Las principales líneas encargadas, eran las que unían Madrid con Port Bou, pasando por Valencia y Barcelona y que nunca pasó de Valencia, la que unía la capital con Cádiz, que se quedó, como hemos visto, con apenas algunos kilómetros en la provincia gaditana. Si se consiguió completar la Madrid Irún que después se iba a continuar hasta Paris con la red francesa. Esta línea castellana iba a seguir aproximadamente el mismo trazado que pocos años después llevaría la línea de ferrocarril Madrid-Irún inaugurado veinte años después, en 1864.

Las torres diseñadas por Mathé para esta línea estaban pensadas como pequeñas fortalezas, de modo que en caso de guerra el enemigo tuviese la mayor dificultad para interrumpir el sistema de comunicaciones. Las 52 torres que componían el trayecto estaban construidas todas con los mismos planos y por tanto eran todas similares o muy parecidas aunque se aprecian  algunas diferencias en las técnicas de construcción en las que quedan en pie, seguramente sujetas a la disponibilidad o carencia de los distintos materiales en la zona de construcción, o al criterio de las cuadrillas encargadas de alzar el edificio.

  La torre Basaluze, conocida popularmente en Altsasu como el castillo, es la número 41 de las 52 que tuvo la línea y la única de las tres que había en Navarra que se conserva en pie. Está situada en la ladera de Urbasa, junto al camino que asciende a la Cruz de Bargagain en terreno comunal a 675 metros de altura, es decir 147 metros por encima del nivel del valle. Es un edificio de base cuadrada de 6,35 metros de lado y tres plantas, lo que supone unos diez metros de altura. El tipo arquitectónico es neoclásico con esquineras y enmarcado de huecos en piedra de sillería y el resto en mampostería que en alguna de las torres estaba encalado o enfoscado y pintado de ocre. Tiene huecos ventaniles en las cuatro caras de los dos pisos altos. Uno de los huecos de la primera planta forma la puerta de entrada, sobreelevada casi cuatro metros sobre el nivel del suelo y, a la que se accedía mediante una escalera de madera que se retiraba y guardaba en el interior, quedando así la torre inaccesible desde el exterior. Desde la planta más alta se manipulaba el telégrafo colocado encima de la cubierta plana.

De la torre de Basaluze, abandonada durante muchos años, solo se conservan las cuatro paredes. La cubierta y toda la carpintería interior están destruidas. Como decíamos esta torre era la número 41 de un total de 52 de la línea de telegrafía óptica Madrid-Irún de telégrafo óptico. La anterior estaba en Ziordia, a 4.696 metros de distancia en línea recta, y fue destruida en 1956 utilizando sus sillares en la construcción del frontón de la localidad. La siguiente, la 42, era la torre de Engara, la torre Txiki, también en término de Altsasu, a 4.173 metros de la torre de Basaluze y a algo más de altura, 730 metros. Sus restos, apenas la base de cimentación, se encuentran en el alto denominado Eguberako gaiñe entre los términos de Ulaiar y Gurdilatz. En el resto de Euskal Herria quedan la restaurada de la localidad alavesa de Quintanilla de la Ribera (nº34) y las ruinas de la 48 en Uzturre (Tolosa) y de la 49 en Aitzbeltz (Andoain).

Quintanilla (A)    Uzturre.Tolosa(G)         y   Aitzbeltz.Andoain(G)

Se dice que el primer telegrama de esta línea fue emitido el 2 de octubre de 1846 y que fue expedido en París a las diez de la mañana y llegó a Madrid a las cuatro de la tarde. Realmente su utilización fue efímera, ya que simultáneamente se estaba desarrollando, a partir de los trabajos del estadounidense Morse en 1833 la técnica del telégrafo eléctrico. Sustituido por el eléctrico, el telégrafo óptico dejó de utilizarse en 1855 y sus líneas y torres de control abandonadas.

Víctor Manuel Egia Astibia

Bibliografía